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ISSN 1989-4163

NUMERO 97 - NOVIEMBRE 2018

... Que Habías Nacido

Ramón Asquerino

«y los labios sin bridas y sin pétalos»: Casi una leyenda, Claudio Rodríguez

«y una canción, lugentes campi,
en la trastienda de esos ojos,
como el azul de un bazar,
como el deseo de un canto de lobos»
Y los pájaros de Palámedes
A Pilar Egoscozábal, más que una memoria

***
No sé cuándo me dijiste
que habías nacido
-seguro que fue de noche-,
ni cuándo te felicité por primera vez
-seguro que fue en par de los levantes del aurora-.
Es esta memoria tan trasterrada,
tanto que ya ni en voz baja vuelve,
 exiliada, cambiando las fechas en color
por oscuros cromos en blanco y negro.

Pero si se van contando años, seguro,
que algunos han huido con frío,
aun arropados, tiritando bajo la memoria.
Tampoco se sabe dónde se han guardado
las noches de los aguardados sábados.
Habrá que revisar
los bolsillos antes de lavar el recuerdo,
darle la vuelta al cuerpo,
mirar por el cajón de los silencios,
o el de los miedos,
o en el cuarto transparente de los besos.
Habrá que incendiar aquella congelada tarde,
aquella noche azotada y sin regreso
al quedarse atrapada la tiniebla
en ese territorio sin fondo de la sábana,
cuando allí no sonaban los relojes,
 la piel se extendía como un jardín,
y la voz nos escribía con palabras justas,
juntas, cinéreas, para abrazarse a ellas,
hasta que, al fin, nos dormíamos de lado y corazón
y los labios sin bridas y sin pétalos.

A veces, me escondía en ti para no oír más malas noticias,
las que acababan por asediar los nervios
y cuyo epicentro era un caudaloso asedio,
un río que cantaba de madrugada
… que habías nacido.
Mientras, yo, sin conocer la mancha alta de la noche
cambiaba aquellos cromos,
dulces de niñez, por la lluvia amarga
de un domingo en el balcón,
la música callada a toda potencia
para no escuchar el lamento de los cristales,
el trastero del polvo tosiendo,
la mancha de la noche alta.
Es esta memoria tan trasterrada,
Casi una leyenda de nosotros.

Me enteré de que habías nacido
 tarde, noche, cuando el tiempo
recorría sus penúltimos hijos
y el silencio oía nombres sin palabras,
hasta aprenderme el tuyo de memoria
y escribir tu imagen en las esquinas.

… que habías nacido, me dije,
 y me hice un hueco con los antebrazos
en todas las honduras del cuerpo.
… que habías nacido, me dije,
y me quedé andando hacia ti,
con la seguridad de un narciso en su jardín:
allí, oliendo tu nombre, lento,
y los labios sin bridas y sin pétalos.

 


... que habías nacido

 

 

 

 

 

 
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